la bienvenida

bienvenida

La mente (la mía, la tuya y la de la Reina de Inglaterra) es un fabuloso engranaje de conceptos, conexiones, experiencias y creencias, aliñado para lo bueno y para lo malo con un poderoso y pegajoso mejunje de emociones. Es por ello que pensar y actuar de un modo claro y sosegado resulta, la gran mayoría del tiempo, tremendamente difícil.

Cuando uno amanece por la mañana, despega su cuerpo del lecho y se adentra en la incertidumbre de una nueva jornada, lo acecha de forma más o menos consciente una nube de deberes por afrontar y expectativas que cumplir. Y, a menos que se encuentre uno en un estado de paz, es probable que las tareas del día terminen por evitarse y torcerse y uno se acueste de nuevo con la sensación de haber ejercido de bombero en periodo de prácticas.

Si lo que uno desea es navegar por sus jornadas con la impresión de estar tomando decisiones acertadas (¿acertadas según quién?) y emitir juicios relativamente honestos, será necesario encontrar la comodidad entre el parloteo de su entramado mental.

Por lo general, resulta tan sencillo (y al principio tan incómodo) como sentarse en silencio y observar aquello que uno rehuye, abrazando emociones que a tal o cual edad aprendió a ignorar. Uno se sorprenderá, sin lugar a dudas, del poder de dar la bienvenida al invitado que de forma injusta, pero entonces necesaria o por lo menos funcional, se consideró ingrato.

Uno puede asimismo sentarse frente al ordenador y teclear como un poseso todo aquello que vaya acercándose a la puerta de la consciencia (lo que se conoce como escritura automática) o puede salir a pasear con la calma del jubilado y la contemplación del turista. O puede sentarse a dibujar sin más propósito que el dibujo mismo.

Todo aquello que le suma a uno en un estado de meditación o buceo en una mismo será un buen comienzo, siempre y cuando se trate de una acto presencial y franco (uno está francamente presente) de aceptación, bienvenida, humildad y confianza.

superyo quiero

superyo_quiero

Desde el momento en que abro los ojos, una séquito de pensamientos se presenta ante la puerta de mi conciencia como mensajeros de una religión que no recuerdo haber escogido seguir. Se trata en gran medida de obligaciones (tengo que meditar antes de empezar el día), de reproches (¿ahora te levantas?), de amputaciones (hoy vas a desayunar fruta y té) y planes (hoy vas a terminar tal proyecto).

Este grupo de caras largas varía sus formas y su vestuario según el día de la semana (los lunes vienen cargaditos) y según, claro está, la calidad del sueño y el estado de ánimo. Pero varía, sobre todo, según la necesidad que cree tener mi mente sobre lo que el día debería ser para, imagino, ser feliz. O por lo menos tener un buen día.

Ocurre, sin embargo, que no solo no se van a cumplir dichas metas y obligaciones. Ocurre que sencillamente dan el pistoletazo de salida a una jornada de luchas, pues nada de lo que se me plantea al inicio del día me parece, llegado el momento, deseable o necesario. Quizás no quiero té y frutas. O quizás no quiera desarrollar tal idea. Así que, por la necesidad de quitarme de encima algo que no he escogido yo, sino una parte de mí que Freud llamaría el superyo y la Gestalt overdog, hace que la actividad final no termine por ser lo que yo escojo, sino la representación del forcejeo entre lo que no va conmigo.

(Como si hiciera calor y quisiera quitarme el abrigo, y pasara todo el día tratando de quitármelo sin usar la cremallera. Siendo la cremallera la consciencia, claro.)

Lo que yo realmente (Sergi Torres diría genuinamente) quisiera, únicamente accesible desde el silencio y desde la simple pregunta de qué me apetece o qué creo que es mejor en este momento, permanece como un niño acurrucado en su habitación, oyendo a sus padres discutir en el salón. La madre dice que el niño quiere dulces, el padre dice que los dulces son insanos, y así pelean mientras el niño piensa que él quizás querría un zumo y un trozo de pan. Pero claro, quién querría interrumpir la lucha por una merienda. Y así es como algo tan vital como el hambre deja de tener importancia.

Mis batallas son la productividad y la salud. Son dos valores genuinos para mí, porque cuando dibujo, escribo, hago ejercicio y como con consciencia me encuentro feliz, me siento en paz. El problema, sin embargo, es que la mitad del tiempo no vivo en la productividad y la salud. Como si mis padres internos no conocieran puntos medios, navego en mi cabeza y en mis acciones entre la ociosidad y la esclavización en mi trabajo, así como entre la restricción y los excesos en la ingesta.

A menos que mire a los ojos a esa lucha, a esos padres cuyo salón es mi corteza cerebral. Y en esa lucha veo, además de palabrería innecesaria, miedo: miedo a no ser capaz de decidir por mí misma, a dejar ir del control, a descubrir que lo que soy y lo que quiero no es lo que yo pensaba. Miedo a lo nuevo y lo espontáneo. Miedo a mi propio glosario de vida.

En la religión que llama a mi conciencia al abrir los ojos cada mañana, veo una estructura de vivir mal gestionada. Quizás sea momento de que el hermano mayor llegue a casa de sus vacaciones, calme los ánimos en el salón y dé la palabra al niño cohibido. Porque solo él sabe qué quiere, solo él tiene la frescura de una vida recién empezada a vivir.

Él es quien tenía hambre, y solo él sabe qué hay que comer.

tiempo bendito

tiempo_bendito

Por pronto, entiendo alrededor de las siete de la mañana. Y por transeúnte medio, me refiero a aquel con una espiritualidad y un afán de autoconocimiento regulares. O todo aquel cuya consciencia se encuentre entre Gautama el Buda y un especulador inmobiliario.

En otras palabras: raro es quien se ve obligado a personarse con puntualidad a desempeñar su empleo y se desplaza con gusto de la cama al aseo. Del hogar al empleo, el corazón ha devenido ya un cúmulo de cortados, polución y ondas wifi.

A otros, sin embargo, como los meditadores comprometidos o los jubilados prematuros, les entusiasman las mañanas. Con independencia de compromisos laborales a una u otra hora, se trata de transeúntes contentos. Peatones descansados.

El silencio de las calles, la levedad del cuerpo y la claridad de la mente hacen que el individuo introspectivo busque dicho espacio de ingravidez ocupacional en el que actuará por voluntad, y no por deber. Amanecer temprano resulta, sin embargo, tan deseable como escurridizo. Los minutos durante los que uno sopesa si levantarse o dormir parecen echar a volar como palomas asustadas. Hoy también he fracasado.

Pongamos que uno se propone seriamente habitar a diario dicho espacio de tiempo bendito. Para ello, podrá servirse del hábito miliciano (obedeciendo inexcusablemente al despertador a la hora deseada, con la confianza de que el cerebro terminará por perdonarle). Podrá hacerlo, por otro lado, por lógica circadiana (si uno apaga la luz a las 22h con regularidad, irremediablemente despertará a las 6h) o, asimismo, por visualización (meditando de noche sobre la experiencia de madrugar, buceando en las emociones y sensaciones corporales propias de la fresca mañana). Muchos intentan, por otro lado, hacerlo por sus narices. Aunque nadie lo ha conseguido todavía.

Lo cierto es, en cualquier caso, que tal y como ocurre en la gran mayoría de proyectos, un exceso de planificación terminará por ahogar el motivo inicial. Uno corre el riesgo de perderse en los debiera y los debiese y, exhausto, abandonará el emprendimiento que días atrás lo había enamorado.

En mi experiencia (la de haber abandonado cientos de propósitos en manos de una perfección poco realista) la suavidad es siempre preferible a la brusquedad. Comprometerse con un nuevo hábito no debería implicar métodos militares, aunque el primer recurso al tropezar sea castigarse y, por ende, abandonar. Se trata, en cualquier caso, de seguir comprometido. De desechar lo que no funciona y, día tras otro, perseverar con fe ciega.

Igual que ocurre en el amor, la actividad debe convivir con la receptividad. Uno no seduce solo con lo que dice, sino también con lo que calla. Como dos piezas de un rompecabezas. Como el yin y el yang.

La misma mente que crea la estrategia de madrugar es la que espera resultados inmediatos. Es, además, no otra que la que se rinde cuando éstos no llegan. El ego buscará razones para evitar la frustración (las encontrará) e, incapaz de sostener la disonancia cognitiva, dará la espalda a las razones que nos hicieron buscar el cambio. A la mierda la mañana. Yo soy de noche. Uno deberá entonces quitar el polvo a aquellas primeras razones: por qué quería madrugar, qué me ofrece la mañana, o qué buscaba al proponerme intervenir en mi rutina diaria.

La mayoría de las veces, el cambio ocurre sin que la mente dé cuenta de ello. Los deberes se hacen en casa, no frente a la maestra. Uno asienta una intención, conecta con ciertas razones, da cuenta de sus mecanismos de evitación y persevera. Y aprende girar el timón con delicadeza.

Un buen día, el cambio ocurre. Chas. Y uno sabe que hubo un actor invisible, una fuerza sin nombre ni apariencia, que intervino tanto o más que ella o él en la ejecución exitosa de tan misteriosa evolución.