bienvenida

Todo empieza con desbendecir la ignorancia.

La mente (la mía, la tuya y la de la Reina de Inglaterra) es un fabuloso engranaje de conceptos, conexiones, experiencias y creencias, aliñado para lo bueno y para lo malo con un poderoso y pegajoso mejunje de emociones. Es por ello que pensar y actuar de un modo claro y sosegado resulta, la gran mayoría del tiempo, tremendamente difícil.

Cuando uno amanece por la mañana, despega su cuerpo del lecho y se adentra en la incertidumbre de una nueva jornada, lo acecha de forma más o menos consciente una nube de deberes por afrontar y expectativas que cumplir. Y, a menos que se encuentre uno en un estado de paz, es probable que las tareas del día terminen por evitarse y torcerse y uno se acueste de nuevo con la sensación de haber ejercido de bombero en periodo de prácticas.

Si lo que uno desea es navegar por sus jornadas con la impresión de estar tomando decisiones acertadas (¿acertadas según quién?) y emitir juicios relativamente honestos, será necesario encontrar la comodidad entre el parloteo de su entramado mental.

Por lo general, resulta tan sencillo (y al principio tan incómodo) como sentarse en silencio y observar aquello que uno rehuye, abrazando emociones que a tal o cual edad aprendió a ignorar. Uno se sorprenderá, sin lugar a dudas, del poder de dar la bienvenida al invitado que de forma injusta, pero entonces necesaria o por lo menos funcional, se consideró ingrato.

Uno puede asimismo sentarse frente al ordenador y teclear como un poseso todo aquello que vaya acercándose a la puerta de la consciencia (lo que se conoce como escritura automática) o puede salir a pasear con la calma del jubilado y la contemplación del turista. O puede sentarse a dibujar sin más propósito que el dibujo mismo.

Todo aquello que le suma a uno en un estado de meditación o buceo en una mismo será un buen comienzo, siempre y cuando se trate de una acto presencial y franco (uno está francamente presente) de aceptación, bienvenida, humildad y confianza.