superyo quiero

Desde el momento en que abro los ojos, una séquito de pensamientos se presenta ante la puerta de mi conciencia como mensajeros de una religión que no recuerdo haber escogido seguir. Se trata en gran medida de obligaciones (tengo que meditar antes de empezar el día), de reproches (¿ahora te levantas?), de amputaciones (hoy vas a desayunar fruta y té) y planes (hoy vas a terminar tal proyecto).

Este grupo de caras largas varía sus formas y su vestuario según el día de la semana (los lunes vienen cargaditos) y según, claro está, la calidad del sueño y el estado de ánimo. Pero varía, sobre todo, según la necesidad que cree tener mi mente sobre lo que el día debería ser para, imagino, ser feliz. O por lo menos tener un buen día.

Ocurre, sin embargo, que no solo no se van a cumplir dichas metas y obligaciones. Ocurre que sencillamente dan el pistoletazo de salida a una jornada de luchas, pues nada de lo que se me plantea al inicio del día me parece, llegado el momento, deseable o necesario. Quizás no quiero té y frutas. O quizás no quiera desarrollar tal idea. Así que, por la necesidad de quitarme de encima algo que no he escogido yo, sino una parte de mí que Freud llamaría el superyo y la Gestalt overdog, hace que la actividad final no termine por ser lo que yo escojo, sino la representación del forcejeo entre lo que no va conmigo.

(Como si hiciera calor y quisiera quitarme el abrigo, y pasara todo el día tratando de quitármelo sin usar la cremallera. Siendo la cremallera la consciencia, claro.)

Lo que yo realmente (Sergi Torres diría genuinamente) quisiera, únicamente accesible desde el silencio y desde la simple pregunta de qué me apetece o qué creo que es mejor en este momento, permanece como un niño acurrucado en su habitación, oyendo a sus padres discutir en el salón. La madre dice que el niño quiere dulces, el padre dice que los dulces son insanos, y así pelean mientras el niño piensa que él quizás querría un zumo y un trozo de pan. Pero claro, quién querría interrumpir la lucha por una merienda. Y así es como algo tan vital como el hambre deja de tener importancia.

Mis batallas son la productividad y la salud. Son dos valores genuinos para mí, porque cuando dibujo, escribo, hago ejercicio y como con consciencia me encuentro feliz, me siento en paz. El problema, sin embargo, es que la mitad del tiempo no vivo en la productividad y la salud. Como si mis padres internos no conocieran puntos medios, navego en mi cabeza y en mis acciones entre la ociosidad y la esclavización en mi trabajo, así como entre la restricción y los excesos en la ingesta.

A menos que mire a los ojos a esa lucha, a esos padres cuyo salón es mi corteza cerebral. Y en esa lucha veo, además de palabrería innecesaria, miedo: miedo a no ser capaz de decidir por mí misma, a dejar ir del control, a descubrir que lo que soy y lo que quiero no es lo que yo pensaba. Miedo a lo nuevo y lo espontáneo. Miedo a mi propio glosario de vida.

En la religión que llama a mi conciencia al abrir los ojos cada mañana, veo una estructura de vivir mal gestionada. Quizás sea momento de que el hermano mayor llegue a casa de sus vacaciones, calme los ánimos en el salón y dé la palabra al niño cohibido. Porque solo él sabe qué quiere, solo él tiene la frescura de una vida recién empezada a vivir.

Él es quien tenía hambre, y solo él sabe qué hay que comer.