tiempo bendito

El transeúnte medio no gusta de levantarse pronto.

Por pronto, entiendo alrededor de las siete de la mañana. Y por transeúnte medio, me refiero a aquel con una espiritualidad y un afán de autoconocimiento regulares. O todo aquel cuya consciencia se encuentre entre Gautama el Buda y un especulador inmobiliario.

En otras palabras: raro es quien se ve obligado a personarse con puntualidad a desempeñar su empleo y se desplaza con gusto de la cama al aseo. Del hogar al empleo, el corazón ha devenido ya un cúmulo de cortados, polución y ondas wifi.

A otros, sin embargo, como los meditadores comprometidos o los jubilados prematuros, les entusiasman las mañanas. Con independencia de compromisos laborales a una u otra hora, se trata de transeúntes contentos. Peatones descansados.

El silencio de las calles, la levedad del cuerpo y la claridad de la mente hacen que el individuo introspectivo busque dicho espacio de ingravidez ocupacional en el que actuará por voluntad, y no por deber. Amanecer temprano resulta, sin embargo, tan deseable como escurridizo. Los minutos durante los que uno sopesa si levantarse o dormir parecen echar a volar como palomas asustadas. Hoy también he fracasado.

Pongamos que uno se propone seriamente habitar a diario dicho espacio de tiempo bendito. Para ello, podrá servirse del hábito miliciano (obedeciendo inexcusablemente al despertador a la hora deseada, con la confianza de que el cerebro terminará por perdonarle). Podrá hacerlo, por otro lado, por lógica circadiana (si uno apaga la luz a las 22h con regularidad, irremediablemente despertará a las 6h) o, asimismo, por visualización (meditando de noche sobre la experiencia de madrugar, buceando en las emociones y sensaciones corporales propias de la fresca mañana). Muchos intentan, por otro lado, hacerlo por sus narices. Aunque nadie lo ha conseguido todavía.

Lo cierto es, en cualquier caso, que tal y como ocurre en la gran mayoría de proyectos, un exceso de planificación terminará por ahogar el motivo inicial. Uno corre el riesgo de perderse en los debiera y los debiese y, exhausto, abandonará el emprendimiento que días atrás lo había enamorado.

En mi experiencia (la de haber abandonado cientos de propósitos en manos de una perfección poco realista) la suavidad es siempre preferible a la brusquedad. Comprometerse con un nuevo hábito no debería implicar métodos militares, aunque el primer recurso al tropezar sea castigarse y, por ende, abandonar. Se trata, en cualquier caso, de seguir comprometido. De desechar lo que no funciona y, día tras otro, perseverar con fe ciega.

Igual que ocurre en el amor, la actividad debe convivir con la receptividad. Uno no seduce solo con lo que dice, sino también con lo que calla. Como dos piezas de un rompecabezas. Como el yin y el yang.

La misma mente que crea la estrategia de madrugar es la que espera resultados inmediatos. Es, además, no otra que la que se rinde cuando éstos no llegan. El ego buscará razones para evitar la frustración (las encontrará) e, incapaz de sostener la disonancia cognitiva, dará la espalda a las razones que nos hicieron buscar el cambio. A la mierda la mañana. Yo soy de noche. Uno deberá entonces quitar el polvo a aquellas primeras razones: por qué quería madrugar, qué me ofrece la mañana, o qué buscaba al proponerme intervenir en mi rutina diaria.

La mayoría de las veces, el cambio ocurre sin que la mente dé cuenta de ello. Los deberes se hacen en casa, no frente a la maestra. Uno asienta una intención, conecta con ciertas razones, da cuenta de sus mecanismos de evitación y persevera. Y aprende girar el timón con delicadeza.

Un buen día, el cambio ocurre. Chas. Y uno sabe que hubo un actor invisible, una fuerza sin nombre ni apariencia, que intervino tanto o más que ella o él en la ejecución exitosa de tan misteriosa evolución.